Friday, June 18, 2010

La idea de Progreso.



En: Ensayos sobre el progreso. Volumen 209 de Ensayos (Ediciones Encuentro) Volumen 209 de Ensayos: Filosofía / serie dirigida por Agustín Serrano de Haro, Manuel García Morente. Traducido por Manuel García Morente.Editor Encuentro, 2002

Manuel García Morente


El progreso no consiste en aniquilar hoy el ayer; sino, al revés, en conservar aquella esencia del ayer que tuvo la virtud de crear ese hoy mejor.(Ortega y Gasset) 

Lo primero que encontramos en la idea de progreso es la noción de movimiento. Algo que permanezca continuamente igual, sin cambio alguno y fijo en el mismo lugar, sin movimiento alguno, no progresa. Es, pues, esencial al progreso la verificación de algún movimiento. Ahora bien, ese movimiento que debe tener lugar en el progreso, necesita estar determinado en algún sentido. Un movimiento cualquiera, un cambio cualquiera, no es progreso. El movimiento y cambio en el progreso se dirigen -hacia adelante-. ¿Qué significa esto? Prescindiendo de todo uso metafórico, es bien claro que los términos de -adelante- y -atrás- no pueden definirse por sí mismos, sino solamente en relación con algún punto, por virtud del cual un sentido quede privilegiado sobre todos los demás sentidos de todos los posibles movimientos o cambios. Llamemos al punto que da al movimiento sentido, la meta del movimiento. Entonces, si una cosa se mueve en dirección hacia la meta o si cambia en el sentido de aproximarse a la meta, podrá decirse, en ciertas circunstancias, que esa cosa progresa. Tenemos, pues, como primera y elementalísima definición mecánica del progreso, ésta: el progreso es un movimiento hacia una meta.35

En este sentido escueto podría decirse que el tiempo progresa siempre; no se detiene nunca, no retrocede jamás. Pero en puridad, esta única cosa, el tiempo, de la cual parece poderse predicar en absoluto el progreso, resulta que no admite semejante predicado. El tiempo, en realidad, no progresa, porque el tiempo no es un algo que se mueva. En el tiempo han sido, son y serán las cosas; pero el tiempo mismo no está en el tiempo. El tiempo es una forma del ser de las cosas; pero no es una cosa que sea. El tiempo entra, pues, como un ingrediente en la noción del progreso, en cuanto que ésta implica el movimiento; pero la noción de progreso no se puede aplicar al tiempo, porque el tiempo es condición del cambio, pero no es cambio, sino —por decirlo así— el lecho cósmico en donde el cambio se verifica.37

La meta como -preferencia'

Aquí es donde necesitamos la más cuidadosa atención para atenernos al punto de vista que hemos tomado, el de la pura contemplación de la esencia, y no deslizamos por la pendiente que nos conduciría a una indagación metafísica, física o biológica acerca del fin hacia el cual efectivamente el universo y la historia caminen. Es seductora siempre la pregunta: ¿adonde va el mundo? La mayor parte de las teorías del progreso sucumben a esa seducción y se constituyen en contestación a dicha pregunta. Spencer, Comte, intentan definir el rumbo que sigue el curso del mundo y el término hacia el cual se endereza. Prescindiendo en general de un análisis previo del concepto mismo de progreso, toman este concepto en su sentido corriente, vulgar, y pasan desde luego a la determinación real de su contenido histórico y natural. Ahora bien, éste es justamente el escollo que nosotros queremos evitar. 
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Somos, pues, nosotros, los hombres, quienes elegimos una de las dos interpretaciones posibles. Somos nosotros, los hombres, quienes estatuimos, por ejemplo, que A es la meta —y entonces el movimiento, al alejarse de A, es retroceso—, o que Z es la meta —y entonces el movimiento, al acercarse a Z, es progreso—; y hacemos esa determinación por razones cuya base, indudablemente, no se halla en la simple realidad natural del movimiento. 

¿Cuáles son esas razones?

No pueden ser otras sino que el punto en donde situamos la meta nos parezca -preferible- a cualquier otro punto, en la definición del movimiento. Si el movimiento de A a Z nos aparece como progreso, es porque hemos situado el fin en Z; y si lo hemos situado en Z es porque Z se nos antoja "preferible- a A. En cambio, si el movimiento de A a Z nos aparece como relroceso o regreso, es porque hemos situado la meta en A; y si la hemos situado en A, es porque A se nos antoja -preferible- a Z. En suma, el movimiento será para nosotros un movimiento que -va hacia- —progreso— o un movimiento que -viene de- —regreso—, según que para nosotros sea -preferible- el término o el origen del mismo. Sin duda, ocurren muchos casos en que no tenemos
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preferencia alguna por ninguno de los dos extremos; entonces esa indiferencia hace desaparecer en el movimiento todo carácter de progreso o de regreso, y con igual facilidad concebimos el movimiento como -viniendo de- que como -yendo a-. Lo mismo podemos decir: vengo del campo, que voy a la ciudad; el agua del río viene del monte o va al mar.

¿Qué es, empero, esa -preferencia- que nos incita a calificar el movimiento de progreso o de retroceso? Antes de analizarla con detenimiento, vamos, sin embargo, a considerar el asunto desde un ángulo algo distinto, pero que nos llevará al mismo resultado.
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